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La industria de Pájaro bobo

historias

Niños

Esta mañana, con sol en la acera de enfrente, uno, dos, tres superinos han salido de su escondite y, después de esperar un rato con inpaciencia, han empezado a acercarse a los traunseúntes: un superino, un traunseúnte; un transeúnte, un superino. En el mismo momento, a la memoria de Pájaro bobo ha acudido, nítida e hiriente, la imagen de un niño que, después de perderse, se acercaba a cada una de las mujeres que veía en la calle y le preguntaba con cara de ángel: «¿Eres tú mi madre?».
Al fin ha aparecido el Menesteroso con condumio abundante y suculento.
Entonces, Pájaro bobo ha pensado de nuevo en el niño perdido y se le ha ocurrido que todo ser que busca a Dios es como un niño que busca a su madre.

Entre Madrid y Berlín: de inventos y sisas

Miguel sigue en Berlín, Weltstadt y cosmópolis. No tiene problemas, ni de comunicación ni de integración. Eso dice. Además ya ha encontrado alojamiento. De modo que pronto voy a imaginármelo entregado a sus inventos y su música. De hecho, Berlín fue siempre hogar y refugio de inventores y músicos, músicos de cámara y músicos callejeros, inventores de artefactos inútiles y, lo que es infinitamente peor, inventores de artefactos bélicos y mortíferos. Lo que no es ni fácil ni probable es que se cumpla, al menos en esta generación, el deseo paterno de que él o ella estudie filosofía pura en Königsberg (hoy Kaliningrad), Göttingen o Heidelberg. Ni siquiera en la provinciana Basel, tierra de helvéticos y refugio accidental del padre espiritual de Zaratustra. Tendré que esperar. Guardaré y conservaré los libros. Y, mientras tanto, seguiré cuidándome de la intendencia y los suministros de casa a Berlín y de casa a Madrid. Miguel acaba de telefonear. Está muy contento. Gracias, hijo, por estar muy contento.
Miguel tiene ahora 25 años. Los mismos que su padre cuando, hace como medio siglo, fue a buscar fortuna a la Alemania milagrosa de la segunda posguerra. Historia extraña hecha de historias no menos extrañas, con dejà vues, coincidencias y reincidencias para todos los gustos y todas las interpretaciones. Evidentemente, argucias arcanas del sempiterno eterno retorno.
Ana ha llamado hace unos minutos. Sigue en los Madriles con sus estudios de periodismo y sus trabajos de traducción. En ocasiones, traducir puede ser una manera honrada y honrosa de vivir otra vida, pero de incógnito, como negro al servicio de un negrero. Y, a propósito, ¿qué es peor, ser negro o ser negrero? Naturalmente todo depende de la valoración o de la minusvaloración. En cualquier caso, esas cancamurrias pertenecen al pasado, y, como yo digo, pretender resolver problemas que ya están resueltos es crear nuevos problemas.
Ana es ordenada en sus cosas, empezando por el dinero. Pero tiene cierta afición a la sisa de menudeo. Pellizcos y picotazos. Vidilla. Nada grave. A excepción de una vez en la que, en lugar de pellizco o picotazo, le dio una dentellada a la cuenta del banco. Utilizó la tarjeta como ganzúa para abrir y esquilmar la caja llamada cajero automático. Al responsable de la contabilidad familiar le cogió un soponcio que le dejó patidifuso por espacio de dos semanas, hasta que llegaron nuevos suministros a principios de mes. Pero, como él dice, nunca más, nunca más. Por el bien de todos.
Ana no es malgastadora, verschwenderisch, pero, insisto, tiene una afición, acaso atávica, a la sisa menuda. Un peligro y una preocupación que, con la debida mesura, dan aliciente a la vida, sus sinsabores y sus sinsentidos.
Margarita dice que, por ahora, las cosas van bien. ¿Fórmula mágica?  Que cada integrante del equipo familiar cumpla y haga cumplidamente su parte.

La mano visible de la Providenc¡a

¡Ramón, Ramón! Asómate, el Menesteroso está en la acera de enfrente rodeado de superinos...
—¿Han vuelto?
—Sí, han vuelto todos. Ya tienen con qué llenar la andorga.
—¿Y el Menesteroso?
—Les ha dejado el condumio y ha salido trotando con paso ligero.

La novela

Hoy Pájaro bobo se ha levantado decidido. Esta misma semana se la enviará a Álvaro, para que la lea, y a una editorial, ya sabe cuál, para ver si quiere publicarla. La dejará tal como está, sin correcciones, añadidos, cortes o recortes. Lo que él quiere es salir del atollladero y, más exactamente, del punto muerto. ¿Novela? Sí, una novela; no de intriga, pero con intriga. ¿Título? En la última página.

Nota
No se aceptan mensajes de condolencia.

Profesor Blawinsky, el mago de Plasencia

A José Luis, vecino y amigo

Hace muchos años, cuando Pájaro bobo vivía en Plasencia y aún no se llamaba Pájaro bobo, su hermano Miguel, bastante mayor que él, le contó que una vez, con motivo de las ferias y fiestas de la ciudad, que se celebraban y siguen celebrándose a principios de junio, se instaló en la explanada de San Antón, entre el Acueducto y el Nido, un circo húngaro, ruso o indio de la India. Su número más misterioso y emocionante consistía en un experimento de magia o, para ser exactos, de hipnosis colectiva.

El mago, presentado en carteles y prospectos como Profesor Blawinsky, era un hombre alto y enjuto de voz solemne con acento de zíngaro de Transilvania y mirada profunda como el averno. Nada más pisar la pista, inició su ritual con mucha química y mucha prosopopeya, entre juegos de luces y sombras, humos y polvos de enervante fragancia. Como remate, y a fin de crear plenamente el clima requerido, pasó varias veces su varita mágica por encima de las cabezas de los asistentes con mano poderosa y dominante, advirtiéndoles sin parar que a nadie le ocurriría nada malo. Él tenía en todo momento el control de la situación y, si observaba alguna presencia sospechosa o simplemente extraña, podía interrumpir inmediatamente el número, y santas Pascuas.

Rapaces y mozalbetes jalearon las palabras del mago, mientras los demás adoptaban una actitud circunspecta y espectante. Pero si aun así accedieron a seguir sentados, sin chistar ni pestañear, fue porque su curiosidad era igual a su inquietud y su zozobra, cuando no mayor. Además, junto a la entrada del circo había dos guardias municipales en uniforme de gala, y es sabido que en aquellos tiempos los uniformes, todos los uniformes, imponían respeto.

El mago siguió adelante con su liturgia ritual, ayudado por un subalterno que pronto resultó ser una subalterna jamona y suculenta. Simultáneamente, su actitud se fue haciendo cada vez más enigmática y su mirada cada vez más penetrante.

«Y ahora --dijo una voz de ultratumba-- todos ustedes van a entrar en trance. Pero tranquilos, tranquilos, la situación está controlada. Tranquilos, todos tranquilos. Silencio, mucho silencio».

Al momento, niños y adultos empezaron a cerrar los ojos, mientras las cabecitas les quedaban colgando y luego les caían sobre el pecho.

«No pasa nada, no pasa nada. Ahora todos ustedes tendrán la sensación de que van a ahogarse, pero tranquilos, no pasará nada».

Entre el público había alguien que no cerró los ojos, ni estaba dispuesto a cerrarlos. Y mucho menos a ahogarse. Era un vecino de la carretera de la Estación que había vuelto del frente un año antes y había ascendido de soldado raso a sargento por méritos de guerra.

Como aquello no le gustaba ni un pelo, echó mano a su pistola y, tras empuñarla a la usanza militar, esperó acontecimientos.

El mago ejecutó hasta cinco veces consecutivas sus manipulaciones y sus ritos con mucho aspaviento y evidente dominio de todos los secretos de la profesión, mientras la subalterna pasaba otras tantas veces su mirada por el público con el no menos evidente propósito de supervisar el estado de ánimo de la grey.

De repente, el mago levantó su varita y la dejó suspendida en alto para que se viera que era mágica. En seguida todos empezaron a jadear como si realmente estuvieran ahogándose, pero en el mismo instante el sargento, sentado a pocos metros de la pista, se puso en pie, sacó su trabuco o, por mejor decir, su arma reglamentaria, lanzó tres tiros al aire y gritó: «¡Aquí no se ahoga nadie!»

Al oír los disparos, el mago dejó todo el attrezzo, arrojó su varita mágica al suelo y, seguido por su subalterna, desapareció volando por los aires como el fantasma de Drácula.

En cuestión de segundos, los adultos se liberaron del sofoco y de los efluvios maléficos de humos y polvos y volvieron a respirar de manera acompasada, mientras muchachos y mozalbetes, aún un poco aturdidos y desconcertados, aplaudían entre risas y chanzas, y los dos agentes de la autoridad municipal cruzaban raudos la pista en pos del desaparecido, al tiempo que gritaban: «¡Que no se escape, que no se escape!».

Paraíso e infierno

Después de volver una y otra vez a la infancia; después de preguntarme una y otra vez por las causas de mi insistencia en ese regreso; después de mucho sufrir y mucho pecar, descubro que la infancia es mi refugio y mi paraíso. En ella soy un ángel. Aún no he pecado. Aún no he deseado mal a nadie.
Por eso, ahora, cada vez que quiero volver a la infancia, tengo que liberarme antes de todos los malos recuerdos; esos recuerdos me atormentan como una conciencia desdichada y culpable, una conciencia que me dice con implacable insistencia que sigo preso de todo lo que he dicho y he hecho, de todo lo que he deseado y he odiado. ¿Será tal vez eso el infierno o un anticipo del infierno?

Pensando en Álvaro, en Santiago y en Píndaro, siempre con Margarita

Desde hace años, Pájaro bobo viene informando (en realidad, machacando) con sus visiones y sus previsiones de España a Álvaro, poeta placentino, a Santiago, granjero de la granja, y a Píndaro, profesor de lenguas clásicas. Para él, dar cuenta de lo que ve y prevé es casi una necesidad, pues sus demonios no le dejan ni vivir ni dormir; para ellos, oírle y escucharle, cabe imaginar, un suplicio y, a veces, una bendición. En cualquier caso, ellos son, a título vitalicio, amigos y albaceas.
Si ellos le preguntan «¿y tú cómo lo sabes?», él contesta indefectiblemente «y vosotros por qué no lo véis?»
La única persona que no se sorprende de las intuiciones, adivinaciones y ensumaciones[1] de Pájaro bobo es Margarita, que lleva treinta y séis años a su lado, con todos sus días y todas sus noches, salvo algún pecadillo sin mala fe. Ella sabe lo que Pájaro bobo piensa y siente ahora, lo que pensará y sentirá mañana y lo que pensará y sentirá dentro de cien años. Sí, dentro de cien años, pues muchas de sus ideas, dice Margarita, pasarán a la historia. Y, de hecho, algunas ya forman parte del magma que flota en los medios de comunicación tangibles e intangibles.
[1] Ensumación viene de ensumar; en catalán, oler. Es palabra exclusiva del idiolecto de Pájaro bobo.

Promesa
Pájaro bobo promete que, tan pronto como le venga la vena, explicará y expondrá en esta página, que es su industria virtual, y, por lo tanto, libre y clandestina, la «teoría del desvalijador de cajas de caudales» que concibió hace tiempo pensando en su legado a la poste.

Cainismo

Dos políticos de primera fila deciden dirimir sus litigios y de paso resolver los problemas nacionales a garrotazo limpio. El festejo se celebra en la plaza pública, llamada del Parlamento, que ha sido habilitada para la ocasión. Entrada gratuita para televidentes. Aunque nada más aparecer, ambos contendientes quedan hundidos en barro inglés hasta las rodillas y tienen los ojos vendados, se atizan con saña dirigidos y azuzados por sus subalternos, también llamados segundos. Los aficionados, divididos en dos bandos, jalean a su respectivo héroe, mientras los turistas llegados de los países vecinos —Galizia, Euskadi y Catalunya— piden sangre y más sangre, hasta que, hartos o satisfechos, empiezan a gritar todos juntos, como si fueran un solo pueblo y una sola nación: «¡Que se maten, que se maten!»

Pregunta ingenua e intempestiva: ¿en qué país estamos?

Vera: veritas, veritatis

Rafael Vera, ex secretario de Estado de Seguridad, ha escrito y ha hablado.
En opinión de Pájaro bobo, y de acuerdo con lo visto, leído y oído, a Rafael Vera le ha faltado decir: «Yo era un funcionario del Estado y en mi actuación cumplía órdenes. Éstas me eran impartidas por mis superiores de viva voz [hay cosas que no deben escribirse] y/o en forma escrita».
Un funcionario es una pieza de una pirámide jerárquica o, como en este caso, un eslabón de una cadena de mando, y eso es lo primero [y en muchos casos lo único] que todo funcionario debe tener presente a la hora de dar cuenta tanto de cada uno de sus actos como de su comportamiento.

Dos preguntas ingenuas e intempestivas: ¿quiénes eran los jefes nominales y reales de Rafael Vera?, ¿qué órdenes le dieron?

El criminal y su víctima

Pájaro bobo, huérfano de guerra, considera que, a la postre, la suerte del criminal es siempre más triste que la de su víctima.

Europa, Europa

1955. Europa de posguerra. Leipzig sin Friedrich, el argonauta. Viena con Wittgenstein, el maestro. Praga con Kafka, el grajo apátrida, en el recuerdo. Nuremberg sin juicios ni holocaustos. Basilea, puerta y puerto de aquella Mitteleuropa a la que alguien llamó Kakania.

Kakania, Kakania, patria de cuantos, por no tener ninguna, se identificaban con la lengua, la lengua franca que se hablaba, por encima de fronteras estatales y guetos étnicos, desde la margen derecha del Rhin hasta la margen derecha del Volga, desde más abajo de los Alpes helvéticos hasta más arriba de la hanseática ciudad de Lübeck.

Kakania presidió buena parte de la política europea de la segunda mitad del siglo XIX y se extinguió en 1918, momento en el que, para muchos historiadores, se extingue también «el largo siglo XIX» y empieza el corto siglo XX.

Ahora Mitteleuropa está emergiendo de sus cenizas una vez más, ¿por última vez?

Once de la noche. Cruce de la Zwinglistrasse con el Erasmusring. Luz de neón envuelta en bruma del norte. Con 25 años. Las manos en los bolsillos. Me pregunto dónde estoy y por un momento soy incapaz de contestar. Aun así, un extraño e incomprensible dejà vue me persigue, me acosa.

Intento huir de mi mismo.

Callejeo, vagabundeo, merodeo. Al acecho. Perdido. No derrotado. Decidido a sobrevivir. A salto de mata. Con la perfidia que otorga la miseria. Miseria y perfidia del sur. Ojos de rapaz nocturna. Nocturno español en la Europa de los europeos. La noche es del que tiene hambre. El que tiene hambre no razona. La razón es debilidad. Si razonas no comes. Si comes es posible que llegues a razonar. Llenar el estómago es mucho más que un imperativo categórico. Es instinto de supervivencia, razón de lo animal.

De cintura para arriba Europa es calvinista: los europeos son europeos. De cintura para abajo, sólo las clases medias y algunas individualidades de las clases altas son calvinistas; sólo ellas son europeas; sólo ellas están atrapadas en el esquizoide trabajar y disfrutar, ahorrar y exhibir.

En la Europa del sur, individuos y colectivos sumidos en la miseria tardarán mucho tiempo en comprender que, para luchar contra la explotación, lo más inteligente es sin duda dejarse explotar. El trabajo es a la vez una forma de explotación y una forma de lucha contra la explotación.

A esos individuos y a esos colectivos les cuesta aprender y, como les cuesta aprender, prolongan su estado y legitiman la explotación. La explotación es un medio, no un fin. De ellos depende, no de los explotadores, no del capital. La razón de ser del parásito es acelerar y mejorar la adaptación de su anfitrión al medio.

Pregunta ingenua e intempestiva: ¿forma parte el parásito del medio o de su anfitrión?

La Casa misteriosa y la colonia de los superinos: el equipo de trabajo (3)

La Casa misteriosa y la colonia de los superinos: el equipo de trabajo (3)

Foto 3: Ingo y Ana, miembros del equipo de trabajo, con Blacky, invitado de honor

Las fotos de la Casa misteriosa y los superinos en su hábitat han sido obra del mencionado y la mencionada. Falta Margarita, que, una vez más, está pero no aparece. Como de costumbre, el Menesteroso se ha cuidado de los suministros. Miguel el informático ha reducido el tamaño de las fotos y las ha colgado en el blog; es lo suyo. Blacky ha comparecido a menudo durante la filmación de las imágenes (setenta y cinco en total), pero en todo momento se ha mantenido a una distancia más que prudencial («yo con esos bichos no quiero trato»). Pájaro bobo, siempre dando órdenes desde su búnker de pladur, ha ejercido funciones de director de programa, aunque él prefiere el título de ingeniero.

La casa misteriosa y la colonia de los superinos (2)

La casa misteriosa y la colonia de los superinos (2)

Foto 2: Miembros de la colonia de los superinos

Atendidos con paternal solicitud y cariño por un miembro de la santa y caritativa Hermandad de los Menesterosos, los integrantes de la colonia, en número variable según día y hora, ni siembran ni tienen graneros...

La colonia está instalada en un solar que hay a la izquierda de la Casa misteriosa. La puerta que los protege de la intemperie tiene en la parte de abajo un rebaje a modo de gatera. Por él introduce el Menesteroso el condumio: tres suministros al día, todos los días del año. De acuerdo con el último censo realizado por Pájaro bobo, la colonia está compuesta por cinco superinos: dos blancos, dos atigrados y uno negro.

Pájaro bobo observa con creciente angustia que, a menudo, entre los hierbajos del asilvestrado solar yacen los tentáculos de grúas enormes. ¿Grúas de la construcción? Sí, grúas de la destrucción.

Mañana o pasado mañana, los tentáculos de las grúas con sus garfios de hierro penderán de lo alto como fatídicas espadas damocleanas, pero él ésta convencido de que volverá a producirse un milagro y, una vez más, la vida continuará. ¿Cómo, hasta dónde, hasta cuándo?

Dios proveerá...

La casa misteriosa y la colonia de los superinos (1)

La casa misteriosa y la colonia de los superinos (1)

Foto 1: La Casa misteriosa

Situada en una de las arterias más activas de la ciudad, la Casa misteriosa parece detenida para siempre en un momento de su historia, momento que podemos situar en torno a los años cincuenta del siglo XX. Para Pájaro bobo, que la contempla a diario desde su ventana atalaya, es la Casa de las tres cruces (nombre de la calle), y todo el que lo conoce —amigo o no amigo — sabe perfectamente cuáles son las tres cruces de este español irreductible.

Hombre acabado, hombre resucitado; hombre resucitado, hombre nuevo

Pájaro bobo se ha pasado toda su vida profesional entre libros. Entró en el mundo de la letra impresa por la puerta de la traducción y encontró en él gratificante y cómodo acomodo. La traducción le permitía leer, aprender y cobrar. Todo a la vez y repetido. Hubo un momento en el que, cautivado por tan suculento momio —cobrar por aprender—, renunció tácitamente a su secreta y frustrada vocación de escritor o, para ser menos inexactos, a sus vanidosas ansias de inmortalidad. A partir de ese momento dejó de leer para dedicarse a releer y dejó de escribir para seguir reescribiendo. Todo, o casi todo, en aras de la pasta gansa y los elogios que le dedicaba su jefe. Éste le distinguió con su amistad y, sin decirlo, hizo de él un asesor personal. El buen hombre quería que, cuando él se retirara, Pájaro bobo continuara en la empresa con un cargo de responsabilidad, y así se lo hizo saber a su sucesor, pero éste, que evidentemente tenía otra idea en la cabeza, le contestó: «El señor.... está acabado».

Corría el año 2000 de nuestra era. Pájaro bobo tenía entonces una más que aceptable posición profesional y económica, pero los nubarrones que iban acumulándose en el horizonte nacional y regional le hicieron tomar conciencia de su futuro a la luz de las reveladoras palabras del heredero y sucesor. Por eso, cuando le cortaron la luz y le dejaron a oscuras («adivina quién te ha pegado»), se quedó tan tranquilo y, después de instalarse en su búnker de pladur con ventanas a la calle, se puso a escribir para la poste.

Ahora, Pájaro bobo da las gracias a todos cuantos, a su manera, le ayudaron a enterrar el hombre acabado, a resucitar de entre los hombres acabados y, a través de la resurrección, a ser un hombre nuevo. Sin su colaboración, a todas luces decisiva y beneficiosa, no habría escrito ni éstas ni otras muchas líneas. El libro de la vida de Pájaro bobo es en parte obra suya.

 

Sandías de árbol

Para Álvaro, placentino

Allá por los años de nuestra última posguerra, cuando la primera familia de Pájaro bobo vivía en la carretera de la Estación de Plasencia, él, apenas un rapaz, solía acudir, poco antes de anochecer, al puente de Trujillo, sobre el Jerte. Desde allí podía contemplar el río, escenario de sus andanzas [piscis era entonces y piscis volverá a ser después], la explanada de los chopos, a la que los del barrio llamaban el Cachón, y las lomas que se escalonaban y a continuación trepaban montaña de Santa Bárbara arriba. En el pretil del puente, lado de la estación, se reunía casi todas las noches de buen tiempo la pandilla del Blas, conocida en aquellos andurriales como la Jarca de las garullas o de los garulleros. Allí estaba el Rey, que comerciaba con arena del río y era aguerrido como un guerrero mameluco, el Mudo, que lo era de nacimiento y, las más de las veces, de conveniencia, el Jaime, dueño de dos carros y sendos tiros de mulas con los que se dedicaba a acarrear piedra, los Chinatos, oriundos de Malpartida, que tenían algo parecido a una tahona, el Belitre, que vivía y sobrevivía en el camino de la Chimenea sin que nadie supiera ni cómo ni de qué, el Vinagre, vecino del cerro de San Miguel que se dedicaba actividades tan lucrativas como el pillaje y el estraperlo, y media docena más de jambrinas crónicos e insaciables del mismo pelaje y parecida calaña. El capitán de la pandilla era naturalmente Blas, que, aparte de ser el de más edad puesto que pasaba de los treinta, tenía dotes de mando por haber estado en la guerra con los legionarios. Él se cuidaba de organizar las garullas en las noches de luna clara: un día a Santa Bárbara, donde había muchos huertos con sandías, melones y árboles frutales; otro día a la Pardala, conocida por sus higos y adonde se llegaba siguiendo la calleja que arrancaba junto a la vía de ferrocarril; otro día a la dehesa de la carretera de los Prisioneros, camino de Montehermoso, paraíso de raposas, liebres, conejos y lagartos; otro día....

La primera obligación de todo buen garullero, y allí, en los aledaños de la estación, todos los mozos eran garulleros, consistía en ahuyentar la gazuza cada día, como fuera y con lo que fuera. Después quedaban horas y horas para fantasear. Aunque con otro nombre, ya entonces la inmensa mayoría de las fantasías eran eróticas, seguidas de las triperas, aunque a menudo unas y otras se mezclaban y combinaban como en las ensoñaciones de todos los menesterosos.

Un día el Goriche, que no era de la pandilla del Blas pero compartía en buena parte su vida y sus aficiones, se apostó con un compiche que era capaz de comerse un pan de los de kilo en el tiempo que tardaba en dar una vuelta a la plaza del Ayuntamiento, por los soportales, mientras el pagano y donante le iba zurrando con una correa. Y se comió el pan. Pero, como queda dicho, allí la voz cantante la llevaba siempre el Blas, tanto cuando había que esquilmar y saquear el huerto y el gallinero del tío Amarillo como cuando se hablaba del mundo situado al otro lado del puente, donde ricos y personas de orden vivían en casas construidas a los pies del palacio episcopal, simbólica atalaya de paredes encaladas y estampa colonial.

Una noche, nada más sentarse, el Blas se puso a contar que había estado en el cine. Lo que él llamaba cine era en realidad un descampado con cuatro hileras de sillas de tijera y, delante de ellas, una sábana blanca colocada en alto a modo de pantalla. Pero el caso es que él había estado en el cine y había visto cosas que le habían dejado pasmao y a todos les gustaría ver y tocar. Según contó y recontó a sus subalternos, seguidores y admiradores, en una de las películas [siempre echaban dos] había visto una mujer desnuda, sí, completamente desnuda. Increíble. Al oírlo, uno de los suyos comentó con sorna que en la película no se veía ninguna mujer desnuda, porque estaba detrás de un biombo, pero el Blas le cortó como un rayo y le lanzó a voz en grito: «Tú no la viste, pero yo sí, porque me puse delante, a la izquierda, y la vi por el lado». Todos quedaron asombrados y naturalmente creyeron al Blas, que tenía fama de vivillo por sus estratagemas y su probada astucia para sorprender y burlar a campesinos, huertanos, guardias civiles y, si se terciaba, curas y frailes.

Aquella noche, el Blas explicó también, ahora con codicia de glotón en los ojos, que en la película de la mujer desnuda y el biombo salía una playa, una playa grande con muchos árboles. Él no sabía qué árboles eran, pero estaba seguro de que lo que colgaba de ellos eran sandías de árbol.

Miguel, Miguel

Cuando alguien de la familia de Pájaro bobo, algún amigo o algún conocido de la parentela tiene un problema con su ordenador, Miguel se lo arregla al momento, pero, por favor, que a nadie se le ocurra preguntarle qué ha hecho o cómo lo hace. No entenderá nada. Miguel es Miguel.

Hace muchos años, en Plasencia, Pájaro bobo tuvo un profesor de matemáticas —don Marcos— que solía decir: «Las cosas, viéndolas, es como se ven».

Dentro de unas semanas Miguel se va a Berlín. ¿Quién dijo: «Ich bin auch ein Berliner?»

Hasta ahora Pájaro bobo acostumbraba a decir que tenía tres hijos: dos españoles y uno alemán. Superinos y aconductats van en otra cuenta.

La colonia aumenta

Pájaro bobo tiene la impre de que la colonia de los superinos ha aumentado. Hay un nuevo satélite. Cuenta, identifica, nombra: el blanquito, al que llama Pichón, los dos atigrados, Rabiacán uno y Rabiacán dos, y ahí, pegado a la pared, acaba de llegar un cuarto. Es negro como Blacky, pero ¿cómo le llamamos? Ya está: Blacky dos.

Vamos a ver qué dice y hace el Menesteroso, aunque ya ahora tengo la impre de que los va a querer y cuidar a todos por igual.

San Pedro ciruelo (cuento extremeño)

Para
María Fernanda y Rosario


Allá por los años cuarenta de ese siglo que ha pasado a ser historia, don Cipriano ejercía su ministerio como pastor de almas en un pueblo de la Alta Extremadura. Situado en una de las estribaciones de la sierra de Gredos y más concretamente en la ladera que mira a Poniente, el pueblo tenía abundantes aguas y, gracias a ellas, multitud de huertas y huertos enriquecidos con árboles frutales. Según el censo municipal, el número total de éstos oscilaba en torno a los quince mil quinientos entre cerezos, higueras, perales, ciruelos y especies menores, pero sin contar las encinas, los robles, los alcornoques y, por supuesto, tampoco los castaños. En realidad, los castaños eran con mucho los árboles más numerosos, ya que cubrían las lomas que se escalonaban desde el fondo del valle hasta la cota alpina.

Con la ayuda de su sacristán, don Cipriano cumplía dignamente su misión y salía adelante con cierta holgura, de modo que, después de cuidar de las cuatro mil quinientas almas de su parroquia, aún le quedaba tiempo cada día para rezar el breviario, hojear/ojear algún periódico de la capital, colaborar en la labranza de su huerto y, a media tarde, echar una partida de ajedrez con el secretario del ayuntamiento o, en su ausencia, con algún otro devoto feligrés.

A pesar de que los vecinos del pueblo eran pacíficos y la precariedad de la posguerra los mantenía unidos y sumisos, don Cipriano estaba un poco dolido con ellos y sobre todo con el alcalde. Terminada la guerra, la parroquia, dedicada a San Pedro, seguía sin tener una imagen digna de él en el retablo del altar mayor, pero como el pueblo ya estaba costeando las obras de restauración de la ermita del Cristo de la Salud, el buen hombre no se atrevía a aumentar la cuota mensual de las familias, ni a poner más cepillos en las capillas laterales de la iglesia, ni siquiera a hacer una colecta navideña.

Un día del mes de mayo, más apesadumbrado que de costumbre, o acaso inspirado por el Espíritu Santo, don Cipriano llamó a Antonio, que era a un mismo tiempo sacristán, subdiácono, tallista imaginero, mozo hortelano y subalterno suyo, y le pidió que convocara a los feligreses para el primer domingo de junio, a las cinco de la tarde, en la iglesia parroquial.

Así que hubo congregado en su iglesia al pueblo de Dios, el solícito pastor le expuso su idea de que entre todos debían poner remedio a tan ominosa carencia, que, según el magisterio papal, avalado por doctísimos Padres de la Iglesia, era poco menos que un pecado de iconoclasia.
La palabra escandalizó a muchas almas sencillas, hasta el punto de que el alcalde, temeroso de que el pueblo viviera una escena más propia de la República que de la nueva era, se lo comentó a Antonio, pero éste, asesorado por su superior, le explicó como pudo que todo era mucho más elemental; según don Cipriano, en la iglesia de San Pedro debía haber una imagen del apóstol, pues los fieles no tenían ni a quien rezar ni a quien pedir ayuda en sus tribulaciones.

Uno de los pocos que no se escandalizó, por la simple razón de que no acudió a la asamblea parroquial, fue Salustio el Centauro. Salustio era todo un personaje no sólo en el pueblo sino incluso en la comarca. De él se contaban infinidad de historias, unas relacionadas con mozas y otras con fechorías, bravuconadas o hazañas guerreras. De acuerdo con Pájaro bobo, investigador histórico-folclórico del municipio a partir de la segunda República, el nombre de Centauro se lo puso Aurelio el Morgaño, vecino suyo, una noche en la que Salustio, que entonces debía de tener unos quince años, se presentó en su casa y, como si hablara a borbotones, se puso a contar que iba a comprarse una moto para subir con ella al Pinajarro, que era y, cabe suponer, sigue siendo la cumbre más alta de toda la sierra. Nada más oírlo, Aurelio dio un salto y gritó: ¡Salustio, eres un centauro! Y con el nombre de Centauro se quedó para el resto de su vida, a pesar de que a él no le hacía ninguna gracia y prefería el de Salustio, que según le habían explicado en la escuela, era el de un célebre escritor romano.

Un día de principios de 1937, cuando estaba en la estación esperando que pasara algún tren con víveres o pertrechos de guerra, le cogió la basca y se subió a un vagón que le llevó directamente el frente. Nada más llegar, sin preguntarle siquiera cómo se llamaba, le dieron un fusil con la correspondiente munición, y Salustio, que tenía a la sazón unos 17 años, estuvo disparando sin parar hasta que terminó el combate. Entonces se le acercó el jefe de la unidad (por lo que se supo después, un militar de alto rango) y le entregó un uniforme de legionario y una medalla con el Cristo de la buena muerte, pues, según declaró solemnemente, se lo merecía «por valiente y porque trepaba montaña arriba más deprisa que nadie».

El bueno del Centauro siguió en el frente, disparando a troche y moche, siempre protegido por su medalla, hasta el punto de que un día, en un combate, ésta le salvó la vida, ya que una bala fue a estrellarse justamente en ella.

Al mozo le gustaban la guerra y la manera de combatir de los legionarios, pero sin que sepamos cómo, pues él nunca quiso explicarlo, se pasó al bando republicano y, ya en tiempos de la retirada, huyó a Francia, donde se incorporó a la Resistencia. Aquí estuvo luchando dos años, hasta que, dada su condición de comunista convencido y militante, fue seleccionado para formar parte de una delegación de republicanos españoles que debía visitar la Unión Soviética y asistir oficialmente al desfile del primero de mayo en la Plaza Roja. Si nos atenemos a sus palabras, esto debió de ocurrir en torno a 1940.
Cuando, transcurridos ocho años desde su marcha, el Centauro volvió al pueblo y contó sus aventuras como guerrero, aderezadas con historias de mozas --milicianas españolas, resistentes francesas y camaradas comunistas--, sus amigos se las creyeron todas, en especial las de mozas, pues hay que decir que el Centauro, además de valiente, era un muchachote de buena planta.

Así que don Cipriano se enteró de que había llegado al pueblo un ex combatiente republicano, consultó a Antonio y éste le contó sus andanzas y algunas de sus proezas. En resumen, «un buen muchacho, noble y bruto como un toro; un alma descarriada».
Con estos antecedentes, el cura decidió visitar al Centauro, que, al poco de llegar, se había instalado en una especie de cortijo que compró junto al río, en un paraje conocido con el nombre del Salobral. Allí pasaba los días y las noches, siempre trajinando y siempre rodeado de sus animales; a veces, en vez de labrar el campo, se iba de caza con los perros, sin escopeta, para no levantar sospechas.

Así que vieron avanzar por el camino una figura humana toda vestida de negro, los cuatro perros del Centauro, asilvestrados como estaban, se pusieron a ladrar en coro como si hubieran visto al demonio, pero no se atrevieron a acercarse a ella. Su amo compareció momentos después y, como llevaba la camisa al estilo legionario con su Cristo de la buena muerte bien visible en medio del pecho, el visitante aprovechó el detalle para decirle con retintín: «Hombre, veo que eres creyente...» «Bueno, la verdad es que me salvó la vida. Por eso lo llevo siempre en el pecho, aunque la verdad es que yo... Sí, eso, soy comunista, bueno, bueno, bolchevique territorial. ¿Sabe usted, don Cipriano? He estado en Rusia, en Moscú, en la Unión Soviética».

Al Centauro se le humedecieron los ojos y empezó a soltar palabras en una lengua extraña, tan extraña, que don Cipriano no entendía nada. En un primer momento le pareció griego, luego búlgaro cirílico y por último ruso. Pero no se asustó. Meditó unos segundos, pidió inspiración al cielo y luego le dijo a su nuevo feligrés: «Mira, yo sé que eres buena persona. Aquí, en el pueblo nadie te va a molestar, ya le tengo dicho a Adolfo, sí, a Adolfo, el cabo de los guardias civiles, que te deje en paz, que tú no vas a armar bronca ni hacer propaganda a favor de los ateos. Lo mejor para todos es que te quedes en casa con tus perros y tus ciruelos. Y a propósito de ciruelos, ¿qué vas a hacer con esos troncos que tienes ahí, junto a la parra?» «Pues guardarlos para hacer fuego con ellos en invierno». «Entonces, ¿me darías uno?» «Pues claro que sí, don Cipriano. Pero, ¿para qué quiere usted un tronco de ciruelo?» «Ya te lo explicaré».

Al día siguiente, Antonio se acercó al cortijo del Centauro con su burro, cargó el tronco de ciruelo más grande y macizo que encontró cabe la parra y se lo llevó a su casa, donde le esperaba el señor cura, que, nada más verlo llegar, le ordenó: «Ya puedes empezar».
Y así lo hizo. Como el subalterno del señor cura manejaba la gubia con pasmosa habilidad y destreza, en poco menos de un mes puso a punto una figura de San Pedro con las medidas del Cristo que había hecho para la ermita de la Salud. Las dos imágenes estaban talladas en madera de ciruelo, pero mientras en el Cristo Antonio había aprovechado la resina que desprendía la madera para simular las lágrimas de la Pasión, en el San Pedro, advertido por don Cipriano, tuvo mucho cuidado en que la cara resplandeciera de pura bienaventuranza.

Cuando Antonio terminó de tallar la imagen del santo, don Cipriano fue a verla y juntos acordaron pedir al obispo de la diócesis que acudiera al pueblo para consagrarla oficialmente. «Y ¿qué hacemos con nuestro Centauro?» preguntó Antonio en el momento de despedirse. «A mí, lo único que se me ocurre --repuso su superior-- es invitarle a que venga a verla. Así, al menos conseguiremos que se acerque a la iglesia». «No vendrá, estoy seguro de que no vendrá, don Cipriano». «Eso ya lo veremos. Ten en cuenta que, modestia aparte, yo tengo cierta influencia en el cielo». «Pues mejor para usted». «Tú lo que tienes que hacer es dejarte caer un día por el cortijo del Centauro como quien va de caza y entre gazapo y gazapo le preguntas si quiere ver el tronco de ciruelo, mejor dicho, lo que has hecho con él. A ver cómo respira». «Lo que usted diga, don Cipriano».
Nadie en el pueblo supo nunca qué le dijo al Centauro el sacristán la mañana en la que, acompañado de sus tres galgos y sus dos lebreles, éste se personó en el cortijo del Salobral. Lo cierto es que el primer domingo de julio de 1944, a las doce de la mañana, cuando el ministro del Señor, revestido de pontifical, salió de la sacristía y se dirigió al altar mayor para celebrar la santa misa, el alma descarriada apareció en la iglesia, fijó los ojos en el retablo y, así que vio la imagen del santo apóstol allí, en todo lo alto, exclamó como si no quisiera creer lo que veía:

«Ay, San Pedro, yo te conocí ciruelo
y de tu fruto comí;
los milagros que tú hagas
que me los cuelguen a mí».
Hervás, agosto de 2003

Nota. Escribí este cuento durante el mes de agosto de 2003, cuando me alojaba con Margarita, mi señora, en un apartamento del antiguo Hotel Sinagoga de Hervás. Como de costumbre, Blacky estaba con nosotros. Mientras contemplaba el Pinajarro, que me parecía tener al alcance de la mano, recordé leyendas, hechos, dichos y personajes de mi niñez. La imaginación y un cariño teñido de nostalgia hicieron el resto. Se prendió fuego en el monte, y un presagio me hizo saber que sería mi última visita.

Caerá la noche
sobre el bosque en llamas
y arderá mi pueblo
arderá mi casa
arderá mi río
arderá mi infancia

¿Deseos imposibles?

Pájaro bobo, alienado y esquizofrénico por designio divino, siempre se ha sentido atraído, a un lado, por el orden cósmico (¿inhumano?) y, a otro, por criaturas condenadas a vivir en la miseria. Entre los grandes sueños de su vida tiene anotado: pasar una temporadita a la sombra con quinquis, manguis, afines y homólogos, dormir algo así como un par de meses en una estación de metro con miembros del lumpen urbano y suburbano, hacerse amigo de un perro callejero y aprender a sobrevivir con él y como él, frecuentar puentes, desguaces, banlieues de inmigrantes/emigrantes y urbanizaciones, polígonos y suburbios con botellón y botelloteca, escuchar las historias y leyendas de mendigos borrachines y caritativos con saco de dormir y vivir, contratar los servicios de una puticlista o una concubina con mucha experiencia y mano izquierda pero sólo para que le cuente sus experiencias, pues siempre se ha dicho que las damas de este gremio [conocidas en otro tiempo como hermanitas de la caridad] son grandes psicólogas, instalarse sin contrato de alquiler o con contrato indefinido en una casa ruinosa y compartir suciedad, humo, tabaco y potaje con inmigrados del sur, del este, de las Indias Occidentales  y del septentrión hasta que el cuerpo ya no aguante. Okupas, fuera.

La verdad es que, además de ésos, tiene otros deseos acaso no tan imposibles pero sin duda más pecaminosos y menos confesables. Deseos de envergadura.

Nota 1. Es sabido que el pobre Friedrich, cuando ya tenía la cabeza como un sonajero y no daba pie con bola, seguía empeñado en trajinar de cintura para abajo y pedía a voz en grito, en sueños y en vigilia, vírgenes y más vírgenes.

Nota 2. Alguien ha dicho que el ser humano es lo que piensa. Pájaro bobo considera en cambio que todo ser, humano o no humano, es lo que ha vivido.