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La industria de Pájaro bobo

historias

David, David

Margarita abrió la puerta, y ante nuestros ojos apareció una gitanita con un bebé en brazos y un niño pequeño asido a su cuerpo. La gitanita pidió asilio. Nos contó que el niño tenía cuatro años, que se llamaba David, que lo había tenido con un moro, del que se había separado porque la pegaba, y que ahora vivía con un payo. Pero el payo la había echado de casa. El bebé, de pocos meses, lo había tenido con él. El payo quería al bebé, porque decía que era suyo; pero no quería a David, porque decía que no era suyo. Una tragedia hecha de un cúmulo de tragedias. ¿Qué podíamos hacer? El que ha vivido una guerra y una posguerra como niño huérfano sabe lo que es desamparo y lo revive cada vez que un ser desvalido llama a su puerta.

Les dimos de comer, se lavaron y se quedaron a dormir. A la mañana siguiente, nuestra hija Ana acompañó a David hasta el colegio. La gitanita —Chelo— cuidó del bebé. Por la tarde, Ana los llevó en coche a la estación. Después nos contó que, desde que bajó del coche hasta que llegó a la estación, David estuvo mirando hacia atrás. Y así sigue en mi memoria y en conciencia: mirando atrás en busca de un padre...

El genio y el éxito

Picasso es un caso excepcional por muchos conceptos. Genio de la pintura y el dibujo, pero, por encima de todo, trabajador incansable, tanto con el lápiz como con el pincel y la brocha. Analfabeto en dos lenguas y una semilengua, era, según el decir de alguien que le conoció tanto como Gertrude Stein, un vivillo. Representante del genio español y español de la gorra, como Baroja, Buñuel, Gustavo Bueno y, a pesar del hecho diferencial, José Pla el murri, Picasso, en vez de crear ex nihilo, como se dice que corresponde al genio, se servía casi siempre de cosas ya existentes y externas a modo de estímulos y puntos de partida. En ese sentido, su modus operandi es más propio de un hombre con talento que de un genio. Aun así, su aportación, en cuanto enriquecimiento del arte —técnicas, recursos y obra acabada—, es infinitamente superior, cuantitativa y cualitativamente, a la de la inmensa mayoría de los genios consagrados como tales a lo largo de la historia.

Es sabido que Picasso conoció el éxito y que, con el paso de los años, su arte se adocenó.

Por lo que Pájaro bobo sabe, el pintor malagueño no puso en práctica la fórmula que alguien le atribuyó: «Me gustaría tener tanto dinero como para poder vivir igual que un pobre».

Aré lo que pude

Margarita y Pájaro bobo tienen dos hijos, Ana y Miguel. Los dos han salido buenos estudiantes. Ana está cursando su segunda carrera. Vive y estudia en los Madriles. Con provecho. Ha aprendido a poner orden en sus ideas, en sus otras cosas y, en definitiva, en su vida. Ana piensa con orden y vive con orden. Miguel ha terminado con éxito Telecomunicaciones. Es capaz de pensar sin palabras. Resulta difícil seguirle, pues tiende al hermetismo [como él es del campo de la informática, tal vez habría que decir encriptación]. A veces, sus comentarios nos producen vértigo, y el vértigo nos produce angustia. Pero es un buen niño. En alemán, los hijos son siempre niños —Kinder— para sus padres. Ahora se va a Berlín para hacer el proyecto de fin de carrera. Pájaro bobo acostumbra a decir con referencia a sus hijos: «Aré lo que pude, porque hice lo que debía».

Nota. Ni arar es hacer ni aré es haré.

Entre locos: Pájaro bobo y Zaratustra

Muerto Friedrich, padre y maestro, en un ataque de locura, que siempre fue una manera saludable, gloriosa e incluso heroica de morir, Zaratustra, a la sazón más hombre que superhombre, escribió a su amigo Pájaro bobo, que ya entonces vivía y sobrevivía en tierra de fenicios, a la vora del mar de la Sargantana, meridiano de las Columbretes; exactamente, ciento veinte millas al oeste de la isla de Sardinia y, aproximadamente, doscientos ochenta y cinco de las de Pantelería y Lampedusa, hoy refugio de alcatraces y ayer de piratas sarracenos.

El profeta misántropo, nacido en la patria o Heimat de los teutones, frontera con Eslavia, le preguntaba si en el país de su admirado caballero Don Quijote aún quedaba algún lugar en el que, por ignoto y remoto, pudiera vivir lejos de hombres y mujeres, entregado por entero, sin trastornos ni perturbaciones, a sus prácticas y sus cavilaciones —adorar al Sol cada mañana, a la hora del alba, y blasfemar a voz en grito para conciliarse/reconciliarse con la Divinidad y mastubarse el cacumen con sus ensoñaciones y sus dèries durante las noches de luna—, en espera de su enésimo y postrer retorno/resurrección.

Pájaro bobo le contestó a vuelta de correo que, efectivamente, conocía un paraje adecuado a sus exigencias y necesidades. Con montañas y aguas y bosques y follajes primigenios en abundancia, y casi sin seres humanos. Además era fama, a buen seguro infundio surgido en las leyendas prehistóricas de las montaraces y belicosas tribus de las comarcas vecinas, que sus habitantes no hablaban, pues no tenían ni lengua ni lenguaje, y tampoco leían por la sencilla razón de que ni sabían leer ni tenían libros. Se decía incluso que, en la iglesia, el anciano sacerdote, intérprete y albacea de la voluntad de Dios, amén de ministro del Señor y custodio vitalicio de la santa Hostia, explicaba el evangelio de Cristo y la doctrina cristiana a sus atentos y siempre silenciosos feligreses con ademanes y gestos [nunca pecaminosos y, aún menos, obscenos], realzados con interminables rosarios de mimos, muecas y aspavientos.

La misiva de Pájaro bobo, el infraescrito, estaba redactada en alemán, última koiné de los amantes de la letra menuda y los miembros de la sigilosa hermandad de los Hijos de la Idea, e iba acompañada de un mapa de la Hesperia ibera y, dentro de él, un recuadro de la comarca y el paraje con todos sus nombres en lengua vernácula y algunos, sólo los más notorios y conocidos por hechos históricos o accidentes geográficos, en el latín de la Universidad de Salmántica.

Al cabo de algunos meses, Pájaro bobo recibió con gozo y alborozo, teñidos con un sí es no es de pasmo y zozobra, una carta garabateada en una letra como de persona perturbada. En el sobrescrito podía leerse: «Al muy ilustre señor hermano de Don Quijote». Y en el escrito: «Las Batuecas, 25 de enero de...». A partir de aquí, letra y garabatos eran ilegibles. Para colmo, el papel estaba arrugado y sucio.

Así que leyó o, por mejor decir, descifró, como pudo y hasta donde pudo, el mensaje de su alma gemela y amigo muy querido, Pájaro bobo, incapaz de dominar sus emociones y asimismo de razonar y ordenar sus ideas, tomó una decisión: ir a ver al hombre superhombre, al que había conocido, hacía ya varias décadas, en el manicomio [¿clínica psiquiátrica?] de Jena junto a varios genios de la música y el teatro, pues tenía el convencimiento de que, como éste estaba bastante más loco que él y por lo tanto sabía e incluso veía muchas cosas que él ni sabía ni veía, a buen seguro que le explicaría y le mostraría con toda su retórica y toda su prosopopeya, los ojos en blanco fijos en el infinito, algunas de tales cosas, fueran o no fueran de provecho para su espíritu y/o su andorga.